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General   Fundación para la Diabetes

María Sánchez de Mora, castellonense de 30 años con diabetes tipo 1 nos cuenta su viaje a Kenya

Fundación para la Salud Novo Nordisk Por: Fundación para la Salud Novo Nordisk
Fecha:

María Sánchez de Mora es una castellonense de 30 años que tiene diabetes desde los 21. Durante este verano viajó a Kenya a la boda de una amiga y se quedó allí un mes visitando el país con su mochila y un grupo de amigos.

María se puso en contacto con nosotros antes de partir porque quería compartir su viaje y sus vivencias con otras personas con diabetes. Ahora, a su vuelta, le hemos pedido que nos contara cómo le fue, si disfrutó y cómo encajó su diabetes en esta bonita experiencia.

Muy amablemente nos ha enviado esta carta y estas fotografías que hoy compartimos con vosotros.

¡Gracias María!


Mi viaje a Kenya

Por María Sánchez de Mora. Fotos: ©M.Sánchez de Mora/G.Ortiz

Té masala. Y el primer sentido que se me despertó en Kenya fue el olfato, por la mañana toda la casa olía a esa preciosa mezcla de cardamomo, jengibre y té negro con leche. El primer sentido fue el olfato, y la primera pregunta…  ¿podré tomarlo? Pero sí, por suerte en este país se añade el azúcar después de hacer el té.

Cuando se viaja con exceso de equipaje hay que ir con cuidado, pero si ese “extra” hace tiempo que nos acompaña en todas las facetas de nuestras vidas, todo es más fácil, viajar con diabetes es posible y no hay fronteras ni situaciones que no se puedan superar.

Estuve de viaje un mes en Kenya, en ese tipo de viajes que no sale en las revistas: sin tener un itinerario definido, ni cerrado de antemano, ninguna reserva con hoteles, safaris, ni medios de transporte… En fin, todo eso que dicen que un diabético no puede hacer... ¡Pues sí se puede! Pasamos 30 días recorriendo este precioso país, hablando con sus gentes, comiendo su comida, aprendiendo… Y 30 días con la diabetes en la mochila, que no molestó ni importunó más que otras veces, ni me impidió conseguir todos los objetivos que me marqué para el viaje.

¡Y mira que fue largo! Los preparativos: 5 vacunas, muchas preguntas, un botiquín que parecía una farmacia, un montón de consejos, consultas por internet, visitas al médico, al endocrino…  La búsqueda de los billetes; para que el precio fuera asequible tuvimos que dar algunas vueltas por Europa antes de llegar a Nairobi. Pasamos por Berlin, por Amsterdam, Bruselas, y tras tres días  por Europa y un vuelo de 8 horas, llegamos a la capital de Kenya.

 

¿Y la comida? Todos los que tenemos diabetes vivimos pendientes de la comida, de las raciones, de observar nuestro cuerpo, de medir, calcular, remedir y desear que hayamos acertado. Pues en Kenya, como si me hubieran leído el pensamiento, me lo pusieron fácil, el plato más común es el arroz, arroz blanco que adornan de muchas maneras pero la base es siempre el arroz, con lo cual la medición de los hidratos es bien sencilla y además la dieta perfecta para cuando quieres tener a tu intestino tranquilo y también para cuando no lo has conseguido y lo tienes revuelto…  

También hubo que hacer algunos ajustes de insulina.  Como siempre pasa en los viajes, te mueves más que en casa, y cuando viajas de mochilero aún más, así que la reducción fue drástica: de 18 a 15 unidades de lenta por la noche, de 10 a 8 por la mañana y una disminución de casi tres unidades de rápida en las comidas. Y como siempre, la técnica que mejor funciona, el ensayo-error. Por ejemplo, aquí en España no me puedo permitir comer muchos plátanos, porque son muy dulces, sin embargo allí los tomaba a diario sin que mi glucosa subiera lo más mínimo. No sé todavía por qué, pero no son nada dulces, ¡aunque sí deliciosos!!

Aquí me estoy haciendo un control
con las manos decoradas ¡con henna!

Otro tema muy importante : l@s compañer@s de aventura. Yo creo que es imprescindible que sepan que en el grupo hay una acompañante más que se llama diabetes, porque condiciona muchos aspectos del viaje. Cuando hay que comer, HAY QUE COMER  y en mi caso l@s compañer@s no han podido ser mejores. Todos iban provistos de una ampolla de glucosa en gel por si me daba una hipo más grande de la cuenta, y también de azúcar en los bolsillos, que ya se ha convertido en el lema de los que viajamos con diabetes por el mundo.

 
Aquí estamos todo el equipo, 
tomando unas cervezas en la isla de Lamu

Proporciona mucha tranquilidad saber que estas acompañada día y noche por tus amigos y , en ocasiones, alcanzas un grado de compañerismo tal que ellos te detectan las hipoglucemias antes que tú misma, por tus cambios de humor, por tu súbita palidez. Es entonces una gozada sentirte tan protegida y tan cuidada. Hubo algunas hipoglucemias de noche, y aunque intenté no hacer ruido, algún@ levantaba la cabeza y miraba hacia mi cama con un ¿estás bien? Y con esta frase se sellaba tanto una amistad vitalicia como una tranquilidad nocturna.

Nuestro viaje se podría dividir en 4 etapas: primera semana en Nairobi, con la boda de por medio (menú de boda: arroz con pollo y verduras, ¡perfecto!). Segunda semana de camino a la costa y primer safari en el parque natural de Tsavo East. Tercera semana, costa y Lamu, la isla paradisiaca.


Aquí estamos con los novios en la boda
 
 
Parque natural de Tsavo East. Primer safari 
 
Lamu, la isla paradisiaca
 

 Entre todas esas etapas nos movimos en transporte público, tomamos trenes (como el famoso  tren Lunático, ¡una aventura increíble!), taxis (hasta 9 personas nos metimos en uno el día de la Boda!) aviones (en los que la sala de embarque estaba hecha con madera y paja), autobuses (que les costaba 8 horas hacer un trayecto de 170 km.), matatus (el minibús preferido de los Kenyatas), tuc tuc (como pequeñas motos de tres plazas), barcos que no han cambiado un ápice desde hace siglos y hasta burros en la isla de Lamu, ¡donde no hay coches ni ningún transporte motorizado!


Tren Lunático

Sala de embarque del "aeropuerto"

Matatus, el minibus

 


Tuc tuc, pequeña moto de tres plazas

Barco

Burros en la isla de Lamu

 

También en el tema alojamiento tuvimos mucha variedad ¡y bastante suerte! En la capital nos alojamos en casa de una amiga de la novia, donde pudimos vivir como Kenyattas durante más de una semana. También nos alojamos en casas de huéspedes donde interaccionamos con otros mochileros (¡un beso para Ana e Isidro!), en pensiones en las que éramos los únicos extranjeros, y  que nos costaban el equivalente a 2 euros la noche, tiendas de campaña en las que a las 22 se cortaba la luz e incluso una noche nos permitimos una cabaña de lujo en el parque natural de Tsavo East. 


Pensión

Tiendas de campaña

Cabaña de lujo en el parque natural de Tsavo East

 

A veces creo que por el hecho de tener diabetes estoy protegida e inmunizada para otros males. En este viaje fue así, no me picó ni un mosquito (mientras que a algún@s de mis compañer@s de viaje les acribillaron) mi intestino no se revolucionó en ningún momento, ningún malestar de estómago… ¡nada! De hecho mi farmacia ambulante se iba mermando porque repartí medicinas a diestro y siniestro. Todas eran para otros, ¡ninguna para mí! Soy consciente que he tenido muchísima suerte en este sentido, pero también hay que pensar que iba preparada para cualquier incidente que pudiera ocurrir. Y preparada para pincharme mi insulina en cualquier lugar!! 

Aquí me estoy pinchando en la Van
con la que íbamos de Safari

He aprendido en este viaje a tener paciencia (en suajili: “pole pole”, todo despacio) a ver otras realidades bien distintas de las nuestras, he comprobado la universalidad de la diabetes (todo el mundo la conoce, entiende que no quieras azúcar en el té) incluso he visto platos sin azúcar adaptados para diabéticos, y me he demostrado a mí misma que no existen más fronteras que las que nosotros mismos nos ponemos.  Y que viajar con azúcar en los bolsillos es posible.


Chocolatería en Bruselas
 
Carta en un restaurante de Mombasa