Dentro de una unidad de obesidad: «Si un paciente pierde grasa, pero también músculo, se está debilitando»
Salud, reconoce que la obesidad es una enfermedad multifactorial, crónica y compleja. En las últimas tres décadas, su prevalencia ha crecido de manera significativa, con un impacto en la salud y esperanza de vida. Todo ello la convierte en un motivo de preocupación para los profesionales acostumbrados abordarla, quienes desde sus consultas observan cómo las medidas implementadas hasta ahora para tratarla no han surtido el efecto deseado.
Sin embargo, y pese al posicionamiento de la OMS, la patología sigue conviviendo con creencias sesgadas que afectan a la calidad médica que reciben los pacientes, y los somete a un juicio social. La narrativa tradicional los acusa de una falta de voluntad, les echa la culpa de su exceso de grasa y alude a una falta de autoestima. En otras palabras, que la enfermedad tiene un componente de vicio y, hasta cierto punto, moral. Además, se pone el foco en el peso perdido —o ganado— y en un índice de masa corporal (la relación entre el peso con la estatura) que, para la clínica, resulta obsoleto. Al menos, si se acepta como valor único.
Para lograr lo contrario, por ejemplo, que optimizar la calidad de vida o no perder mucha masa muscular vaya por delante del peso, la medicina que aborda la obesidad propone nuevas formas de medirla y de entender su carácter heterogéneo y origen multifactorial. El Complexo Hospitalario Universitario de Ferrol, un hospital de tamaño mediano, cuenta con una unidad puntera en esta materia. Dentro del área de Endocrinología, se abre paso la impedancia eléctrica, la ecografía nutricional, la dinamometría o algo mucho más simple, pero no siempre puesto en práctica, como el test de la silla.
Diego Bellido, jefe de servicio y presidente de la Sociedad Española de Obesidad (Seedo), explica la importancia de todas ellas en una valoración morfofuncional: «No solo nos limitamos al peso y a la talla, es decir, al IMC, sino que intentamos hacer una valoración individualizada, fenotipando bien al paciente y buscando características morfofuncionales», destaca el experto, quien prefiere hablar de enfermedad metabólica crónica adiposa en lugar de obesidad.
Entre sus paredes, se asientan las bases de cómo se estudia la obesidad en el presente y, sobre todo, cómo debe ser en el futuro. El primero de los pasos es fiel a la práctica clásica: la relación entre la cintura y la altura, así como la circunferencia de cintura. Esto sirve para complementar el IMC, que es carente en algunos aspectos, como que no precisa la distribución de la grasa en el cuerpo, y se aplica sin distinguir entre hombres y mujeres, deportistas o no deportistas. En cambio, al incluir la circunferencia de la cintura el experto puede tener una mejor valoración de la grasa abdominal y, por tanto, el riesgo metabólico de la persona. Ahora bien, esta también tiene limitaciones. Es el caso, por ejemplo, de que no es una medida directa del tejido adiposo visceral o que es sensible a la distensión abdominal del paciente. Por ello, destaca el doctor Bellido, el análisis de la enfermedad no se puede entender sin el uso de la tecnología.
Valoración morfofuncional
El camino del paciente en la unidad ferrolana continúa, en línea con esta filosofía, con el uso de la impedancia eléctrica en posición bípeda. Esta permite echar un vistazo al interior del paciente, sin pruebas invasivas. El principio es sencillo: el cuerpo humano conduce la electricidad. Los dispositivos de bioimpedancia hacen pasar una corriente eléctrica muy débil —imperceptible para la persona— y analizan cómo atraviesa los distintos tejidos. No todos reaccionan igual. El músculo y el agua conducen bien la electricidad, mientras que la grasa ofrece mayor resistencia.
A partir de esa diferencia, el aparato calcula cuánta agua corporal total tiene el organismo y estima la llamada masa libre de grasa, que incluye músculo, órganos, huesos y líquidos corporales. Restando esa cifra al peso total se obtiene la masa grasa.
