Ambientes obesogénicos: qué son y cómo actuar para evitar engordar
Aunque no te hayas dado cuenta, vives inmerso en un entorno que favorece la obesidad. Sin embargo, no está todo perdido, algunos cambios pueden minimizar su efecto
Es cierto que nadie nos pone una pistola en la cabeza para que llevemos una dieta desequilibrada o una vida sedentaria, pero también lo es que determinados ambientes pueden ponérnoslo muy difícil si queremos llevar unos hábitos saludables, o, dicho de otro modo, nos lo ponen demasiado fácil para desarrollar sobrepeso y obesidad.
Esta mirada al entorno a la hora de buscar una explicación a la epidemia de obesidad que recorre el mundo, se basa en la idea de la posible responsabilidad que tiene el entorno en el incremento de peso de las personas. Es lo que los expertos en nutrición llaman ambiente obesogénico.
Un contexto que “facilita comer de más, moverse de menos, dormir poco y gestionar mal el estrés”, define la doctora Cristina Petratti, médica de Familia y especialista en obesidad y nutrición, además de integrante del Grupo de Ejercicio Físico y Obesidad de SEEDO, autora del Método Petratti y divulgadora en salud.
La experta hace especial hincapié en que no se trata solo de tener fuerza de voluntad y recalca que “vivimos rodeados de estímulos que constantemente empujan hacia el consumo excesivo de alimentos ultraprocesados y hacia el sedentarismo. En este escenario, la obesidad no es una elección, sino la consecuencia previsible de un ambiente que nos lo pone difícil”.
La tormenta perfecta
El término ambiente obesogénico aglutina factores muy diversos que confluyen dando como resultado un entorno que empuja con fuerza a las personas a ganar peso. Así, los investigadores de salud incluyen condiciones sociales, físicas, económicas y culturales. Entre ellas, se incluyen desde la disponibilidad y el precio de los alimentos hasta el diseño de las ciudades o el tipo de ocio que practicamos.
En la práctica, concreta la doctora, hablamos de un conjunto de factores interconectados:
Una oferta alimentaria abundante, con productos hipercalóricos, baratos y muy accesibles.
Entornos urbanos poco caminables, sin aceras adecuadas ni espacios seguros para el ejercicio.
Ritmos de vida acelerados que reducen el tiempo para cocinar, descansar y moverse.
Publicidad constante, especialmente dirigida a niños y adolescentes, que asocia comida rápida con felicidad y éxito.
Y, cada vez más, un entorno digital que fomenta el sedentarismo y la exposición continua a estímulos alimentarios.
La suma de todo esto crea un ecosistema donde resulta más sencillo ganar peso que mantenerlo estable.
